Las dos Dianas
Las dos Dianas Contento estaba Gabriel, sí, pero su júbilo, con ser grande, no bastaba a disipar cierta inquietud inoculada en su pecho por algunas especies vagas y algunos rumores poco lisonjeros acerca del próximo enlace de Diana que habían llegado hasta él. Entregado a la dicha que le embargó al ver a Diana y creer encontrar en su mirada la ternura de otros tiempos, casi había dado al olvido la carta del cardenal de Lorena, causa de su repentino viaje, pero las hablillas de los cortesanos, y la repetición de los nombres unidos de Diana de Castro y de Francisco de Montmorency, llevaron a su imaginación apasionada recuerdos poco gratos. ¿Accedería gustosa Diana a tan odioso casamiento? ¿Amaría tal vez a Francisco? Dudas demasiado desgarradoras eran aquellas para que nuestro enamorado, por muy amena y entretenida que fuera la reunión de aquella noche, no lograse disipar su inquietud.