Las dos Dianas

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Capítulo LVI

LA reina madre no había perdido el tiempo aquella noche. Por lo pronto, envió a visitar al rey de Navarra al cardenal de Tournon, hechura suya, y estipuló por escrito su convenio con los Borbones. Poco antes del amanecer, recibió al canciller L’Hópital, quien le dio aviso de la próxima llegada a Orleáns de su aliado el condestable. L’Hópital, prevenido por ella, dio palabra de hallarse a las nueve en el salón contiguo a la cámara real, ofreciendo llevar consigo cuantos partidarios de Catalina le fuese posible. Por último, la reina madre había citado para las ocho y media a Chapelain y a dos o tres médicos más de cámara, cuya falta de ciencia era el mayor enemigo del genio de Ambrosio Paré.

Tomadas estas precauciones, fue la primera, como acabamos de ver, que entró en la cámara del rey, cuando este acaba de despertarse. Se acercó al lecho de su hijo, le contempló algunos instantes moviendo la cabeza como una madre dolorida, imprimió un beso en una de las manos, que pendía fuera del lecho, y haciendo ademán de secarse una lágrima, se sentó de modo que pudiera tenerle siempre a la vista.

Como María Estuardo, quería velar aquella preciosa agonía, pero a su manera.


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