Las dos Dianas
Las dos Dianas
ABRIEL no llegó a San QuintÃn hasta el dÃa siguiente, que era el 16 de agosto.
En la puerta de la ciudad encontró a Juan Peuquoy que le estaba esperando.
—¡Ah! ¡Al fin llegáis, señor conde! —le dijo el honrado tejedor—. Seguro estaba yo de que vendrÃais, pero ¡ay demasiado tarde!
—¿Cómo demasiado tarde? —preguntó Gabriel alarmado.
—SÃ. ¿No os decÃa la carta de la señora Diana de Castro que estuvieseis aquà ayer, quince de agosto?
—Cierto, pero sin insistir en esa fecha precisa ni indicarme con qué objeto reclamaba mi presencia.
—Pues bien, señor conde: ayer, quince de agosto, la señora Diana de Castro, o mejor dicho, la hermana Bendita, pronunció los votos eternos que la hacen religiosa para toda la vida.
—¡Ah! —exclamó Gabriel poniéndose mortalmente pálido.
—Y si hubieseis estado aquÃ, acaso vuestra presencia habrÃa impedido lo que hoy es ya un hecho consumado.
