Las dos Dianas
Las dos Dianas —Ten presente, mi buena nodriza, que me ausento, y al ausentarme, me separo de ti y de Diana —dijo Gabriel pensativo.
—Es verdad —contestó AloÃsa—. Debéis despediros de Diana; nada más justo. Perdonad a vuestra vieja AloÃsa este exceso de precaución, e id a ver, puesto que lo deseáis, a esa dulce y angelical niña a quien llamáis esposa; pero no olvidéis que aquà se os espera con impaciencia… Hasta luego… ¿no es verdad, señor… conde?
—Hasta luego, sÃ, y abrázame una vez más, AloÃsa; llámame siempre tu hijo, y ojalá el Cielo te colme de bendiciones, mi querida nodriza.
—¡Que Dios las derrame sin tasa ni medida sobre vuestra cabeza, mi hijo y señor!
MartÃn Guerra esperaba a Gabriel en la puerta. Segundos después montaban los dos a caballo.