Las dos Dianas
Las dos Dianas
ĂŤ, señores —dijo el duque de Guisa, entrando en su tienda, a los caballeros que le rodeaban—. Hoy, veinticuatro de abril de mil quinientos cincuenta y siete, a los nueve dĂas de haber penetrado en territorio de Nápoles, despuĂ©s de haber tomado a Campli en cuarenta y ocho horas, ponemos sitio a Civitella. El dĂa primero de mayo, dueños ya de Civitella, alzaremos nuestras tiendas de campaña frente a los muros de Aquila; el diez de mayo estaremos delante de Arpino, el veinte en Capua, donde no nos dormiremos como AnĂbal, y el primero de junio, caballeros, quiero que veáis a Nápoles, con la ayuda de Dios…
—Y la del Papa, mi querido hermano —interrumpió el duque de Aumale—. Su Santidad, no obstante habernos ofrecido el concurso de sus soldados pontificios, nos deja hasta el presente reducidos a nuestras fuerzas, y yo opino que nuestro ejército no es bastante poderoso para que nos aventuremos demasiado por territorio enemigo.
—El triunfo de nuestras armas interesa demasiado a Paulo IV para que nos deje sin auxilio… ¡Qué hermosa y transparente está la noche, señores! Biron: ¿sabéis si comienzan a moverse los comprometidos en el alzamiento de los Abruzos, de que nos hablaron los Caraffa?
—No se mueven, monseñor —contestó el interrogado—, según noticias recientes y dignas de crédito.
