Las dos Dianas
Las dos Dianas Era lord Grey un soldado flemático y pesado, que se fastidiaba y fastidiaba a cuantos alternaban con él, para quien la guerra era un comercio, y le tenÃa de pésimo humor el que no le hubiesen concedido más que tres prisioneros para con sus rescates pagarse a sà mismo y a sus tropas. Recibió a Gabriel y a Juan Peuquoy con frÃa dignidad.
—¡Ah! ¿Es el señor vizconde de Exmés a quien tengo la suerte de contar entre mis prisioneros? —dijo, contemplando con curiosidad a Gabriel—. Bien nos habéis hecho trabajar, caballero, tanto, que si hubieseis de pagar como rescate todo lo que habéis hecho perder al rey Felipe II, puede que no bastasen todos los territorios de Enrique de Francia.
—Comprenderéis que no tengo esa cantidad en el bolsillo. Por otra parte, supongo que los recursos de monseñor de Coligny y los de mis amigos serán tan limitados como los mÃos, y por añadidura no quiero molestarles. Si me concedéis el plazo necesario para que pueda hacer venir de ParÃs…