Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Quiero veros, señora; quiero gozar de vuestra presencia, quiero contemplar vuestro rostro encantador: he ahí todo lo que quiero y todo lo que espero. No imaginéis que abrigue proyectos indignos de un caballero; os lo repito; pero mi derecho, que bendigo y bendeciré mil veces, me obliga a guardaros, y usando de aquel, os guardo.

—¿Y creéis, milord, que la violencia que me hacéis forzará a mi amor a corresponder al vuestro?

—No; no lo creo —contestó con dulzura lord Wentworth—: Pero ¿quién sabe? Pudiera acontecer que, viéndome venir todos los días tan resignado, tan respetuoso, a recibir vuestras órdenes, sin más objeto que tener la dicha de poder miraros un instante, pudiera acontecer, repito, que al fin os enterneciera la humilde sumisión del que, pudiendo mandar, implora.

—En cuyo caso —replicó Diana con acento desdeñoso— la hija del rey de Francia, vencida, sería la manceba de lord Wentworth. ¿No es eso, caballero?

—En cuyo caso —respondió el gobernador—, lord Wentworth, último vástago de una de las casas más ricas y más ilustres de Inglaterra, pondría a los pies de la señora de Castro su nombre y su vida. Mi amor, viéndolo estáis, es tan honroso como sincero.


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