Las dos Dianas
Las dos Dianas
OMO los caminos de Francia eran tan inseguros para Gabriel de Montgomery como para su escudero, hubo aquel de desplegar toda la inteligencia y toda la actividad de su espíritu para evitar los obstáculos que encontró a su paso, y aun así, no entró en París hasta el cuarto día después de su salida de Calais.
Más que los peligros del viaje preocupaban a Gabriel las contingencias que le esperaban en París. Aunque poco dado a soñar despierto, su marcha solitaria le obligaba a pensar sin cesar en el cautiverio de su padre y de Diana, en los medios de libertar a aquellos seres queridos, en la promesa del rey y en el partido que habría de tomar si Enrique II se negaba a cumplirla. ¡Pero no! Enrique II pasaba por el primer caballero de la Cristiandad, y por penoso que le fuera cumplir el juramento que prestó, todo lo más esperaría a que Gabriel viniera a reclamar para perdonar al anciano conde, pero perdonaría… ¿Pero, y si no perdonaba?
Cuando esta idea angustiosa penetraba en la imaginación de Gabriel, producía en su corazón los efectos de una puñalada, sus espuelas se hundían crueles en los ijares de su noble corcel y su mano buscaba instintivamente el puño de su espada.
