Las dos Dianas
Las dos Dianas
ESDE que el duque de Guisa llevaba el título de teniente general del reino, vivía en el mismo palacio real: en la morada de los reyes de Francia dormía, o dicho con más propiedad, velaba todas las noches el ambicioso jefe de la Casa de Lorena.
¡Cómo soñaría despierto aquel hombre bajo los ricos artesonados cuajados de quimeras! Pero, a decir verdad, ¿no había adelantado mucho terreno aquellos sueños desde el día en que confió a Gabriel dentro de su tienda de campaña sus proyectos sobre el trono de Nápoles? ¿Se conformaría ahora con lo que constituía el colmo de sus ambiciones cuando se hallaba frente a los muros de Civitella? ¿El huésped de la mansión real no se diría a sí mismo que podría tal vez ocuparla como dueño y señor? ¿Se sentiría vagamente en sus sienes el tentador roce de una corona? ¿No miraría con sonrisa de complacencia su excelente espada que, más segura que la varita de un mago, ponía sus esperanzas en realidades?
