Las dos Dianas
Las dos Dianas Aún hablaba Gabriel con fuego y animación, cuando se abrió la puerta de la estancia, apareció Juan Peuquoy, pálido y con muestras visibles de consternación.
—¿Qué ocurre, Juan? ¿Está peor Martín Guerra? —preguntó Gabriel.
—No, señor vizconde —respondió el tejedor—. Martín Guerra, transportado a nuestra casa, ha sido visitado ya por Ambrosio Paré. Aunque cree que será necesaria la amputación de la pierna fracturada, el cirujano se atreve casi a asegurar que vuestro escudero sobrevivirá a la operación.
—¡Buena noticia! —exclamó Gabriel—. ¿Ambrosio Paré está ahora al lado de Martín?
—No, monseñor; ha tenido que dejarle para acudir a otro herido de más consideración y gravedad.
—¿Quién es? ¿El mariscal Strozzi? ¿El señor de Nevers?
—El señor duque de Guisa, que se está muriendo en este momento —contestó Juan Peuquoy.
Gabriel y Diana lanzaron al mismo tiempo un grito de dolor.
—¡Y decía yo que nuestras desgracias tocaban a tu término! —exclamó Diana, después de un momento de silencio—. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!