Las dos Dianas
Las dos Dianas
ERCA de diez y ocho años tiene Diana, a quien conocimos niña. Su hermosura se había desarrollado siguiendo un proceso regular y encantador. Era, en una palabra, una mujer bellísima a quien la expresión particular de sus ojos revestía de un candor virginal que seducía y embelesaba. Su carácter e inclinaciones en nada habían variado desde que la conocimos. No había cumplido los trece años cuando el duque de Castro, a quien no volvió a ver desde el día de su matrimonio, fue muerto en el sitio de Hesdin. Dispuso el rey que la niña viuda pasase el período de luto en un convento de París, donde Diana contrajo afecciones tan tiernas y hábitos tan gratos, qué expirado el tiempo de luto, pidió a su padre permiso para continuar viviendo entre aquellas santas religiosas y buenas amigas, hasta que tuviera a bien disponer de ella nuevamente. Enrique II respetó la piadosa petición de su hija y no hacía más que un mes que había dispuesto que Diana saliera del convento, porque el condestable de Montmorency, celoso de la autoridad y poder que los Guisa adquirían en el gobierno, solicitó y obtuvo la mano de la hija del rey y de la favorita.
