Las dos Dianas
Las dos Dianas
A pobre Aloísa, aunque acostumbrada de mucho tiempo a la espera, a la soledad y al dolor, pasó dos o tres horas mortales sentada delante de la ventana y mirando a la calle por si veía regresar a su querido señor.
Cuando llamó a la puerta el obrero portador de la carta de Gabriel, Aloísa fue la que salió corriendo a abrirle, contenta en parte porque, ya que no otra cosa, al menos tendría noticias de Gabriel.
En efecto; noticias eran, pero ¡qué terribles! No bien leyó las primeras líneas, parecióle que ante sus ojos se extendía un velo, y si quiso ocultar su emoción, hubo de volver precipitadamente a la cámara, donde terminó, no sin traba, la lectura de la carta fatal.
Raudales de lágrimas derramaban sus ojos, pero mujer de temperamento enérgico y de alma vigorosa, se dominó, secó su llanto y salió para decir al portador de la carta:
—Está bien. Hasta la noche. Esperaré.
El paje Andrés la preguntó lleno de ansiedad, pero ella contestó que difería hasta la mañana siguiente su respuesta, porque tenía mucho en qué pensar y no menos qué hacer.
En cuanto llegó la noche, hizo que toda la servidumbre se acostase temprano, diciendo:
—El señor no vendrá esta noche; podéis retiraros.
