Los Tres Mosqueteros

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LV

CUARTO DÍA DE CAUTIVERIO

Al entrar Felton, al día siguiente, en el aposento de milady, la encontró levantada, subida sobre un sillón y teniendo en la mano una cuerda tejida con algunos pañuelos de batista desgarrados en tirillas, trenzadas y unidas por los cabos.

Milady, al oír el ruido que hizo Felton al abrir la puerta, se bajó de un salto de su sillón e intentó esconder tras sí la improvisada cuerda, pero sin soltarla.

El teniente estaba aún más pálido de lo que solía, y sus ojos, encendidos por el insomnio, indicaban que había pasado una noche de fiebre.

Ello no obstante, la frente del joven estaba armada de una severidad más austera que nunca.

Felton se acercó lentamente a milady, que se había sentado, y cogiendo por uno de sus cabos la mortífera trenza que por descuido o adrede aquella dejara al descubierto, preguntó con frialdad:

—¿Qué es eso, señora?

—Nada —respondió milady, sonriendo con la dolorosa expresión en que ella era maestra—; el tedio es el enemigo mortal de los presos, y como a mí el tedio me consume, me he distraído labrando esta cuerda.


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