Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Felton entró en el instante en que el duque echaba sobre un sofá una rica bata recamada de oro para ponerse un justillo de terciopelo azul cuajado de perlas.
—¿Por qué no ha venido personalmente el barón? —preguntó Buckingham—. Lo aguardaba esta mañana.
—Me ha encargado que dijese a vuestra gracia —respondió Felton— que sentÃa grandemente no tener esta honra, pero que se lo vedaba la vigilancia que se veÃa obligado a ejercer en el castillo.
—Ya sé —repuso el duque—, hay en él una presa.
—Que es precisamente de quien yo querÃa hablar a vuestra gracia —profirió el teniente.
—Decid.
—Solo vos podéis escuchar lo que tengo que comunicaros, milord.
—Dejadnos, Patrice —dijo Buckingham—, pero no os alejéis más que hasta donde podáis oÃr la campanilla; pronto os llamaré.
Patrice salió.
—Ya estamos solos —dijo Buckingham a Felton—, hablad.
—Milord —profirió el puritano—, m. el barón os escribió el otro dÃa para rogaros que firmaseis una orden de embarco relativa a una joven llamada Charlotte Backson.