Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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LXV

SENTENCIA

La noche estaba tempestuosa y sombría; gruesas nubes bogaban por el firmamento, velando la luz de las estrellas.

Hasta la medianoche no debía levantarse la luna.

De tiempo en tiempo, y a la luz de un relámpago que brillaba en el horizonte, el pequeño escuadrón descubría el camino, que se extendía blanco y solitario; luego todo volvía a quedar en tinieblas.

Athos llamaba a cada instante a D’Artagnan, que se anticipaba continuamente a los suyos, y le obligaba a tomar nuevamente su sitio en las filas; pero todo en vano, el mancebo volvía a separarse de ellas inmediatamente, arrastrado por su único pensamiento, el de avanzar a todo trance.

El pequeño escuadrón pasó silencioso por Festubert, donde quedara el criado herido, luego siguió a lo largo del bosque de Richebourg, y cuando hubo llegado a Herlier, Planchet tomó hacia la izquierda.

Una y otra vez, lord Winter, Porthos y Aramis habían interrogado al hombre de la capa roja, pero sin obtener más resultado que una inclinación de cabeza por toda respuesta. Aramis, Porthos y lord Winter comprendieron, pues, que si el incógnito no hablaba, sus razones tendría para ello, y dejaron de dirigirle la palabra.


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