Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros EL AMANTE Y EL MARIDO
—¡Ah!, señora —profirió D’Artagnan, entrando por la puerta que abrió la joven—, no llevéis a mal que os lo diga, pero tenéis un marido que no vale un ardite.
—Asà pues, ¿habéis oÃdo nuestra conversación? —preguntó con viveza mm. Bonacieux, mirando al mismo tiempo con inquietud al mozo.
—De cabo a rabo.
—Pero ¿cómo?
—Valiéndome de cierta tramoya que yo me sé, y que también me facilitó oÃr la animada conversación que sostuvisteis con los corchetes del cardenal.
—¿Y qué habéis deducido de lo que hemos hablado?
—Qué sé yo cuántas cosas: en primer lugar, que vuestro marido, por fortuna, es un zote; luego, que no sabÃais dónde dar de cabeza, de lo que no me he alegrado poco, pues me proporciona la coyuntura de ponerme a vuestras órdenes, y Dios sabe si estoy pronto a arrostrarlo todo por vos; y, finalmente, que la reina necesita de un hombre valeroso, inteligente y abnegado que haga por ella un viaje a Londres. Yo poseo dos, por lo menos, de las tres cualidades que son menester, y aquà estoy.
Mm. Bonacieux no respondió, pero el corazón le latió de gozo al columbrar una esperanza.
