Los Tres Mosqueteros

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XXI

LA CONDESA DE WINTER

Durante el camino, Buckingham hizo que D’Artagnan le pusiera al corriente, no de cuanto pasara, sino de lo que este sabía. Al conexionar, pues, sus recuerdos con lo que le dijo el mozo, el duque pudo formarse una idea bastante aproximada de una situación de cuya gravedad, por otra parte, le daba la medida la carta de la reina, por breve y poco explícita que fuese. Lo que principalmente admiraba al duque era que el cardenal, interesado como estaba en que aquel mozo no llegara a Inglaterra, no hubiese logrado atajarle el camino. Entonces, y al manifestarle Buckingham su extrañeza sobre el particular, fue cuando D’Artagnan le hizo sabedor de las precauciones que había tomado al efecto, y de que gracias a la abnegación de sus tres amigos, a los que dejara desparramados y heridos en el tránsito, había salido quito del lance con la estocada que atravesara el billete de la reina y que él pagara a Wardes con tan terrible moneda. El duque, mientras prestaba atención a este relato, hecho con la mayor sencillez, miraba de vez en cuando y con ojos de admiración al joven guardia, cual si no acertara a explicarse cómo podían aliarse con un rostro que todavía no indicaba veinte años tanta prudencia, tanto valor y tanta abnegación.


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