Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —SÃ, señor, y él fue quien me enseñó a hacer nudos corredizos y a colocar sedales. Gracias a ello he podido dedicarme nuevamente a mi antiguo oficio al ver que nuestro tacaño posadero nos daba a comer viandas rústicas, buenas para palurdos, pero no para estómagos tan debilitados como los nuestros. Pues sÃ, mientras me estoy paseando por el bosque de m. le Prince, tiendo nudos corredizos en las pasadas, y al tumbarme junto a los estanques de su alteza, deslizo los sedales en el agua. De manera que ahora, gracias a Dios, nada nos falta, como su merced puede ver con sus propios ojos: ni perdices ni conejos ni carpas ni anguilas, alimentos todos ellos ligeros y sanos, convenientes para quien tiene la salud quebrantada.
—Pero ¿quién proporciona el vino? ¿Vuestro posadero? —preguntó D’Artagnan.
—Sà y no.
—No entiendo.
—Él lo proporciona, es verdad, pero no sabe que tiene la honra de proporcionárnoslo.
—Explicaos, Mousqueton, vuestra conversación es por demás instructiva.
—Pues sÃ, señor; en una de mis peregrinaciones me encontré por chiripa con un español que habÃa visto muchas tierras, entre otras, el Nuevo Mundo.
—¿Qué tiene que ver el Nuevo Mundo con las botellas que están sobre esa papelera y sobre esa cómoda?