Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Las palabras del gigantón redoblaron el asombro de los circunstantes, pero no borraron la duda que se habÃa levantado en el ánimo de aquellos.
—¿No es verdad, Aramis? —preguntó Porthos, volviéndose hacia otro mosquetero.
El interpelado hacÃa el mayor contraste con el que acababa de interrogarle: era un mozo entre veintidós y veintitrés años, de rostro cándido y apacible, ojos negros y de mirar suave, y mejillas sonrosadas y aterciopeladas como melocotón en otoño. Su fino bigote trazaba una lÃnea perfecta sobre su labio superior, parecÃa como temeroso de bajar las manos para que no se le hincharan las venas, y de vez en cuando se pellizcaba los pulpejos de las orejas para mantenerlas sonrosadas. Por hábito, hablaba poco y pausadamente, prodigaba las cortesÃas, se reÃa callandico y mostrando los dientes, que tenÃa hermosos, y los cuales, como el resto de su persona, al parecer cuidaba minuciosamente.
Aramis contestó con un movimiento de cabeza afirmativo a la interpelación de su amigo.
La afirmación del joven mosquetero pareció desvanecer toda duda respecto del tahalÃ; asà pues, los presentes continuaron admirándolo, pero ya sin hacer de él nueva mención.