Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros ¡Ese hombre es una cuba!, dijo para sà el posadero; como permanezca quince dÃas más aquÃ, y me pague lo que beba, estaré otra vez a flote.
—Oye —profirió D’Artagnan—, no se te olvide subir cuatro botellas iguales a los dos hidalgos ingleses.
—Ahora —dijo Athos—, y mientras nos suben el vino, contadme qué ha sido de Porthos y Aramis.
D’Artagnan contó a su amigo cómo hallara a los dos mosqueteros, es decir, a Porthos en cama y con una luxación, y a Aramis sentado a una mesa y entre dos teólogos. Al acabar, el posadero entró con las botellas pedidas y un jamón que, por fortuna para aquel, habÃa quedado fuera de la cueva.
—Muy bien —dijo Athos, llenando su vaso y el de D’Artagnan—, ahora ya estoy al corriente respecto de Porthos y de Aramis; pero ¿y vos, amigo mÃo? ¿Qué os pasa y qué os ha sucedido? Veo en vos algo siniestro.
—¡Ay! —profirió D’Artagnan—, yo soy el más desventurado de todos.
—¡Qué! ¡Tú, desventurado! —exclamó Athos—. ¿Y por qué? Veamos, explÃcame eso.
—Más tarde —dijo D’Artagnan.