Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros REGRESO
La terrible confidencia de Athos habÃa dejado aturdido a nuestro gascón, al cual, sin embargo, muchas de las particularidades de aquella semirrevelación le parecÃan aún sobrado oscuras. Primero, la revelación la habÃa hecho un hombre completamente beodo a otro que estaba medio borracho, y con todo eso, pese a la vaguedad que dan al cerebro los vapores de dos o tres botellas de Bourgogne, D’Artagnan, al despertarse al dÃa siguiente por la mañana, recordó las palabras de Athos cual si se le hubiesen ido grabando en la mente a medida que aquel las profiriera; y como la duda no hacÃa más que estimular el deseo que el mozo sentÃa de llegar a una certidumbre, D’Artagnan se encaminó al cuarto de su amigo, firmemente resuelto a anudar la conversación de la vÃspera; pero Athos, ya del todo sereno, volvÃa a ser el hombre más sutil e impenetrable.
Por lo demás, el mosquetero, después de haber cruzado un apretón de manos con su amigo, se anticipó al pensamiento de este, diciéndole:
—Ayer estaba yo hecho una uva, mi querido D’Artagnan; lo he conocido esta mañana en mi lengua, todavÃa muy saburrosa, y en la alteración de mi pulso. —Y, mirando a su amigo con una fijeza que turbó a este, añadió—: ApostarÃa que solté mil desatinos.
—No —repuso D’Artagnan—, si mal no recuerdo, hablasteis de cosas muy corrientes.