Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros LA AUDIENCIA
Justamente en aquel instante, Tréville estaba de malísimo humor. Sin embargo, saludó con finura al joven, que enarcó el espinazo hasta tocar con la frente el suelo, y se sonrió al oír el cumplido que aquel le dirigiera con acento bearnés que le trajo a la mente su juventud y su tierra; doble recuerdo que hace sonreír al hombre en todas las edades. Pero acercándose casi al punto a la antesala y haciendo con la mano una seña al gascón como para pedirle permiso para despachar a los demás antes de empezar con él, el capitán llamó tres veces, ahuecando cada una de ellas más la voz y recorriendo de esta suerte todos los tonos intermediarios entre el acento imperativo y el acento irritado:
—¡Athos! ¡Porthos! ¡Aramis!
Los dos mosqueteros con los cuales hemos trabado ya conocimiento, y que respondían a los dos últimos de los transcritos nombres, se separaron inmediatamente del grupo del que formaban parte y se encaminaron al despacho, cuya puerta se cerró tras ellos no bien la hubieron franqueado. Aunque la compostura de Porthos y de Aramis no revelaba una calma absoluta, su despejo, a la vez digno y sumiso, excitó la admiración de D’Artagnan, para quien aquellos hombres eran semidioses y su capitán, un Júpiter olímpico armado de todos sus rayos.
