Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros DONCELLA Y SEÑORA
El presuntuoso D’Artagnan, que pese a la voz de su conciencia y a los prudentes consejos de Athos, estaba cada vez más enamorado de milady, iba todos los dÃas a galantearla, en la Ãntima creencia de que tarde o temprano se verÃa correspondido.
Una noche, D’Artagnan, al entrar en el palacio de lady Clarick con la cabeza erguida y ligero como el hombre que espera liberalidades, encontró a Ketty bajo la puerta cochera, pero ahora la hermosa muchacha no se contentó con rozarle al pasar, sino que le cogió suavemente la mano.
¡Vaya!, dijo D’Artagnan para sus adentros. Va a comunicarme algún mensaje de parte de su ama, a indicarme algún lugar adonde aquella no se habrá atrevido a citarme de viva voz.
Y el mozo miró a la hermosa doncella con el más satisfecho ademán.
—QuerrÃa deciros dos palabras, señor caballero —balbució Ketty.
—Habla, hija mÃa —dijo D’Artagnan.
—AquÃ, es imposible; lo que tengo que deciros es demasiado largo y, sobre todo, demasiado secreto.
—¿Cómo vamos a arreglarlo, pues?
—Si el señor caballero me hiciese la merced de seguirme —dijo con timidez la doncella.
—A donde quieras, niña hermosa.
