Los Tres Mosqueteros

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XXXIV

EN EL QUE SE TRATA DE LOS EQUIPOS DE ARAMIS Y PORTHOS

Desde el día en que cada cual fue por su lado en busca del equipo, los cuatro amigos solo se reunían ocasionalmente; todos y cada uno de ellos comían donde les cogía el hambre, o más bien dicho, donde podían. Además, el servicio les robaba horas preciosas que contribuían a hacer más veloz el tiempo. De seguro, los cuatro amigos no se veían más que una vez a la semana, en casa de Athos, dado que este último, y según prometiera, no había vuelto a poner los pies en la calle.

El día de la reunión, Ketty fue a casa de D’Artagnan, el cual, apenas la doncella le hubo dejado, se encaminó a la rue de Férou, al domicilio de Athos, donde lo encontró filosofando con Aramis.

Aramis hablaba nuevamente de ahorcar el uniforme para tomar la sotana, y Athos, según sus hábitos, no le disuadía ni le alentaba; y es que Athos profesaba la máxima de que debía dejarse a cada cual su libre albedrío, máxima que él cumplía estrictamente no dando nunca consejo alguno a no ser que se lo pidiesen por lo menos dos veces.

—Los consejos —decía Athos— suele uno pedirlos más que para no hacer caso de ellos, o si los sigue, más que para poder echarlos en cara a quien los ha dado.


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