Los Tres Mosqueteros

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XXXV

DE NOCHE TODOS LOS GATOS SON PARDOS

Por fin llegó la noche tan ansiada por Porthos y D’Artagnan.

Este último se presentó, como solía, a las nueve en casa de milady, que estaba de excelente humor y acogió al mozo con inusitada deferencia.

Ha recibido mi billete, dijo para sí nuestro gascón, y por lo que se ve, ha producido efecto.

Ketty entró para servir unos sorbetes, y su ama la recibió con rostro amable y risueño; pero la pobre doncella estaba tan triste, que no reparó en la benevolencia de milady.

D’Artagnan cotejó con la mirada a Ketty con lady Clarick, y en su fuero interno no pudo menos de convenir en que la naturaleza, al formar a aquellas dos mujeres, se había equivocado, ya que a la dama le diera una alma vendida y vil, y a la doncella, un corazón de duquesa.

A las diez, milady empezó a mostrar una inquietud de la que D’Artagnan adivinó la causa; lady Clarick consultaba el péndulo, se levantaba, volvía a sentarse, y se sonreía mirando al mozo con ojos que querían decir: sois muy amable, pero lo seríais todavía más si os marcharais.


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