Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros CÓMO, Y SIN MOLESTARSE, HALLÓ ATHOS SU EQUIPO
El mozo emprendió la fuga a los ojos de lady Clarick, que continuaba amenazándole con ademán de impotencia, y que, al perderlo de vista, cayó desmayada en su dormitorio.
D’Artagnan estaba tan hondamente trastornado, que sin curarse de lo que le pudiera ocurrir a Ketty, atravesó medio ParÃs a escape y no se detuvo hasta la casa de Athos. La confusión de su espÃritu, el estÃmulo del terror, los gritos de las patrullas que emprendieron su persecución, y la burla de algunos transeúntes que pese a lo temprano de la hora se encaminaban ya a sus quehaceres, precipitaron todavÃa más su carrera.
El mozo atravesó el patio, subió hasta el segundo piso, donde vivÃa Athos, y llamó estrepitosamente a la puerta.
Grimaud, con los ojos todavÃa hinchados de sueño, fue a abrir, y parecÃa un milagro que D’Artagnan no le derribara, tal era la furia con que entró en la habitación.
—¡Eh, andariega! ¿Qué se os ofrece? ¿Por quién preguntáis, tunante? —exclamó el lacayo, que, a pesar de su habitual mutismo, habÃa recobrado el uso de la palabra.
D’Artagnan se levantó sus tocas y sacó las manos de debajo de la manteleta.
