Los Tres Mosqueteros

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IV

EL HOMBRO DE ATHOS, EL TAHALÍ DE PORTHOS Y EL PAÑUELO DE ARAMIS

D’Artagnan atravesó enfurecido y en tres saltos la antesala y se lanzó a la escalera, con la intención de descender de cuatro en cuatro los escalones, cuando, arrebatado por el ímpetu de su carrera y con la cabeza gacha fue a dar contra un mosquetero que salía del despacho de m. de Tréville por una puerta hurtada, y que al sentir en uno de sus hombros la topetada del mozo, lanzó más que un ¡ay!, un aullido.

—Perdone su merced, pero tengo prisa —profirió D’Artagnan, intentando reanudar su carrera.

Mas apenas hubo descendido el primer escalón, una mano férrea le detuvo por su charpa.

—¿Conque tenéis prisa? —exclamó el mosquetero, blanco como una mortaja—. ¿Conque bajo este pretexto me dais una topetada y creéis que estamos pagados con decirme «perdone su merced»? Pues os engañáis de medio a medio. ¿Os figuráis, porque habéis oído a m. de Tréville hablarnos hoy con un poco de aspereza, que todo dios puede tratarnos de la misma manera como él nos habla? Desengañaos de tal engaño, compadre; vos no sois m. de Tréville.


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