Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros SEGUNDO DÍA DE CAUTIVERIO
Milady soñaba que D’Artagnan estaba en su poder, que asistía al suplicio del gascón, y la vista de la odiosa sangre del mozo, chorreando bajo el hacha del verdugo, dibujaba en sus labios la dulce sonrisa de la que hemos hablado.
Lady Clarick dormía como el preso mecido por la primera esperanza.
Al día siguiente, cuando entraron en su aposento, milady aún estaba en la cama. Felton se hallaba en el corredor, y conducía a la mujer de quien hablara en la víspera y que acababa de llegar.
Aquella mujer entró en el aposento y, acercándose a la cama de milady, ofreció a esta sus servicios.
Lady Clarick estaba habitualmente pálida; por lo tanto, su tez podía engañar a quien la veía por vez primera.
—Tengo fiebre —dijo milady—; no he dormido un solo instante de esta larga noche, y sufro horriblemente. ¿Seríais vos más humana conmigo de lo que fueron ayer los otros? Por lo demás, cuanto pido es que me permitan quedarme en cama.
—¿Queréis que vayan a por el médico? —preguntó la mujer.
