Napoleon

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El choque fue terrible: aquella milicia, cubierta de oro, rápida como el viento, devoradora como la llamas, cargaba con ímpetu a las filas francesas dispuestas en cuadros, cortando los cañones de los fusiles con sus alfanjes templados en Damasco. Inmediatamente después, cuando el fuego erupcionaba de aquellos cuadros como de un volcán, su movimiento se asemejaba al de una inmensa ola de oro y seda, que atacaba al galope a todos los ángulos del muro francés de hierro, cada uno de los cuales devolvía su descarga en respuesta. Cuando veía la imposibilidad de abrir brecha, se alejaba al fin como una larga bandada de aves asustadas, dejando alrededor de nuestros batallones un montón, movible aún, de hombres y caballos mutilados. Luego iba a reformarse a lo lejos para volver a intentar una nueva carga, tan inútil como la primera.

A la mitad del día, los mamelucos se reunieron por última vez; pero en vez de contraatacar, tomaron el camino del desierto y desparecieron en el horizonte en medio de un torbellino de arena.

En Guiza fue donde Mourad tuvo noticia del descalabro de Chébreiss y el mismo día se enviaron mensajeros al Said, al Fayoum y por todo el desierto. Por todas partes, los beys, los jeques y los mamelucos fueron convocados contra el enemigo común, debiendo llevar cada cual su caballo y sus armas. Tres días después, Mourad tenía en torno a sí seis mil jinetes.


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