Napoleon
Napoleon Cuestión aparte es que se consiguiera el objeto. Pues un siglo después, concretamente en 1929, la Revue des Études Napoléoniennes deploraba que, después de habérsele dedicado al emperador cuarenta mil publicaciones —«estelas funerarias», las llamaba—, el retrato que se desprendía de todo ello no era más que el del «soldado desconocido»[16]. Algo similar a lo que, durante el bicentenario del nacimiento de Napoleón, vino a decir el gran historiador Jacques Godechot, para quien, ya de por sí, «en su carrera prodigiosa, bajo sus actividades múltiples, es difícil encontrar al hombre», cuanto más en los retratos que se habían ensayado del personaje a lo largo del tiempo[17]. Toda una inmensa tarea por delante que a lo largo del tiempo ha movilizado a familiares, amigos, enemigos, y publicistas de toda laya (políticos, militares, periodistas, biógrafos, historiadores o literatos) interesados por Napoleón.
EN este ambiente es en el que hay que situar la primera obra, en un primer caso dramática, que Alexandre Dumas dedicó a Napoleón, y que puso en escena con grandísimo éxito en el Odeón de París el 10 de enero de 1831[18]. Obra a la que siguió, nueve años después, en 1840, su breve y escueta biografía, Napoleón, que es la que publicamos[19]. Un libro éste, excesivamente breve, objetivo y ponderado, en el que el autor dio una imagen imparcial del emperador sin caer en los excesos románticos tan comunes del momento.
