Napoleon
Napoleon Ney no se ha presentado todavía, y Napoleón, que teme perderle como pasó el día anterior, no quiere comenzar ninguna maniobra sin él. Envía quinientos húsares hacia Frasne, donde debe de estar, para intentar comunicarse con él. Al llegar al bosque Delhutte, que está entre las carreteras de Namur y de Charleroi, el destacamento cree ver en un regimiento de lanceros rojos, perteneciente a la división de Lefèbre-Desnouettes, un cuerpo inglés, y rompe fuego contra él. Al cabo de un cuarto de hora se dan cuenta del error que ha desatado el fuego amigo. Ney está en Frasne, como pensó Napoleón. Dos oficiales se desmarcan y le dan la orden de apresurarse en su marcha a los Quatre-Bras. Los húsares regresan y ocupan su puesto a la izquierda del ejército francés y los lanceros rojos continúan en el suyo con premura. Napoleón, para no perder tiempo, manda poner en batería doce cañones que rompen fuego. Buena prueba de que el enemigo ha evacuado Quatre-Bras durante la noche y no ha dejado más que una retaguardia para proteger su retirada es que tan solo dos piezas le contestan. Por lo demás, nada puede hacerse sino por instinto o por apreciación, porque la lluvia, que cae a torrentes, limita de sobremanera la visión del horizonte. Después de una hora de cañoneo, durante la cual Napoleón tiene la vista fija hacia el lado de Frasne, viendo que el mariscal sigue tardando, envía orden tras orden. Entonces acuden a decirle que el conde de Erlon ha aparecido por fin con su cuerpo de ejército, y como no ha llegado todavía a Quatre-Bras ni a Ligny, Napoleón le encarga la persecución del enemigo. En seguida se pone a la cabeza de la columna y marcha a paso de carga hacia Quatre-Bras. El segundo cuerpo aparece detrás de él. Napoleón a galope, atraviesa, acompañado solamente de treinta hombres, el espacio que se extiende entre las dos carreteras. Se acerca al mariscal Ney, a quien echa en cara no sólo la lentitud del día anterior, sino también la de ese día, que le ha hecho perder dos horas preciosas durante las cuales, quizá habría derrotado al enemigo. Luego, sin dar tiempo a las disculpas del mariscal, se pone a la cabeza del ejército que marcha con el barro hasta las rodillas. Piensa que el mismo inconveniente lo tendrá también el ejército anglo holandés y que experimenta, por añadidura, todas las desventajas de la retirada. Entonces manda a la artillería volante que tome la delantera por la carretera, por donde puede rodar con toda facilidad, y que no cese un momento el fuego, aunque sólo sea más que por indicar su posición y la del enemigo. Los dos ejércitos continúan marchando por aquel pantano, en medio de la bruma, arrastrándose por el lodo, semejantes a dos inmensos dragones antediluvianos, como los soñados por Bróngniart y Cuvier, que se enviaban uno a otro llamas y humo.