Napoleon
Napoleon Luego, como todo el mundo está en su puesto aguardando la orden de marcha, Napoleón pone su caballo a galope y recorre la línea, despertando por dondequiera que pasa los ecos de las músicas militares y los clamores de los soldados, maniobra que da siempre a los comienzos de sus batallas un aire de fiesta que contrasta con la frialdad de los ejércitos enemigos, en los que ninguno de los generales incita jamás bastante confianza o simpatía para despertar semejante entusiasmo. Wellington, con un anteojo en la mano y apoyado contra un árbol del camino de travesía delante del cual sus soldados están formados en línea, presencia ese espectáculo imponente de todo un ejército que jura vencer o morir.
Napoleón regresa a la altura de Rossomme, donde se apea del caballo y contempla todo el campo de batalla. Detrás de él, los ritos y la música siguen resonando, semejantes a la llama de un reguero de pólvora. Luego, todo queda en ese silencio solemne que se cierne siempre sobre dos ejércitos a punto de combatir.