El suicidio
El suicidio No cabe duda alguna de que la idea del suicidio se comunica por contagio. Ya hemos hablado de aquel corredor en el que se ahorcaron quince inválidos sucesivamente, y de aquella famosa garita del campo de Boulogne que, en poco tiempo, fue escenario de muchos suicidios. Hechos de este género se han observado con mucha frecuencia en el ejército: en el cuarto batallón de cazadores de Provins, en 1862; en el quince de línea, en 1864; en el cuarenta y uno, primero en Montpellier, después en Nimes, en 1868, etc. En 1813, en la pequeña población de Saint-Pierre-Monjau, una mujer se ahorcó de un árbol; otros muchos se ahorcaron después cerca. Pinel cuenta que un sacerdote se ahorcó en el pueblo de Étampes; algunos días después se mataron otros dos y los imitaron muchos laicos[110]. Cuando Lord Castelreagh se arrojó al Vesubio, muchos de sus compañeros siguieron su ejemplo. El árbol de Timón, el misántropo, ha pasado a la historia. Numerosos observadores han señalado que este tipo de contagio es frecuente en los centros de detención[111].
