El suicidio

El suicidio

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Lo que prueba este capítulo es que la teoría, que hace de la imitación la fuente de toda vida colectiva, carece de fundamento. No hay nada tan fácilmente transmisible por vía de contagio como el suicidio y, como acabamos de ver, esta capacidad de contagio no produce efectos sociales. Si en este caso ejerce tan poca influencia social, probablemente no ejerza más en otros; las virtudes que se le atribuyen son, pues, imaginarias. Puede que, en un círculo muy restringido se den ciertas repeticiones de un mismo pensamiento o de una misma acción, pero nunca tiene repercusiones tan extensas y profundas que afecten el alma de la sociedad, modificándola. Los estados colectivos se deben a la adhesión casi unánime y (generalmente) laica, y resultan demasiado resistentes como para que pueda modificarlos una innovación individual. ¿Cómo podría un individuo, que sólo es un individuo[122], desplegar la fuerza necesaria para formar la sociedad a su imagen y semejanza? Si no nos representáramos el mundo social tan groseramente como el hombre primitivo el mundo físico, si contrariando todas las inducciones científicas no admitiéramos, al menos tácitamente y hasta sin darnos cuenta, que los fenómenos sociales no son proporcionales a sus causas, no defenderíamos una concepción que, siendo de una simplicidad bíblica, está en contradicción flagrante con los principios fundamentales del pensamiento. Si hoy ya no se cree que las especies zoológicas sean sólo variaciones individuales propagadas por la herencia[123], mucho menos debemos admitir que los actos sociales sean actos individuales generalizados. Lo que resulta insostenible es que esta generalización pueda deberse a un contagio ciego, y es sorprendente que todavía haya que desmentir una hipótesis que, aparte de las graves objeciones que suscita, nunca se ha probado experimentalmente. Pues nunca se ha demostrado fehacientemente que la imitación explique un orden definido de hechos sociales y menos aún que sea la única explicación. Los autores se han contentado con enunciar la teoría en forma de aforismo basándose en consideraciones vagamente metafísicas. Por lo tanto, la sociología no puede pretender que se la considere una ciencia hasta que no se prohíba a sus cultivadores dogmatizar de esta forma, eludiendo la necesidad de presentar pruebas.


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