El suicidio
El suicidio Podemos usar los mismos argumentos para explicar el caso del judaísmo. En efecto, la reprobación con la que les ha perseguido durante largo tiempo el cristianismo ha creado entre los judíos sentimientos de solidaridad de una fuerza especial. La necesidad de luchar contra la animosidad general, la misma imposibilidad de comunicarse libremente con el resto de la población, les ha obligado a relacionarse estrechamente entre sí. Por consiguiente, cada comunidad es una pequeña sociedad compacta y coherente que tiene una conciencia muy viva de sí misma y de su unidad. Todo el mundo piensa y vive en ella de la misma manera: las divergencias individuales son casi imposibles, a causa de la comunidad de la existencia y de la estrecha e incesante vigilancia, ejercida por todos sobre cada uno de sus miembros. De ahí que la Iglesia judía esté mucho más centrada en sí misma que ninguna otra, debido a la intolerancia de la que es objeto. Por consiguiente, y por analogía con lo que acabamos de observar a propósito del protestantismo, es a esta misma causa a la que debe atribuirse la débil tendencia de los judíos al suicidio, a pesar de las circunstancias de todo tipo que deberían inclinarlos a él. Sin duda, en cierto sentido, deben este privilegio a la hostilidad circundante. Pero, si ejerce esta influencia, no es porque les imponga una moralidad más elevada, sino porque les obliga a vivir estrechamente unidos. Sobreviven porque la comunidad religiosa a la que pertenecen tiene sólidos cimientos. Por otra parte, el ostracismo no es más que una de las causas que conducen a este resultado: la naturaleza de las creencias judías debe contribuir a él en gran medida. El judaísmo, como todas las religiones inferiores, consiste esencialmente en un conjunto de prácticas que reglamentan minuciosamente cada detalle de la existencia y dejan muy poco lugar al juicio individual.