El suicidio
El suicidio El sacrificio se impone en consideración a fines sociales. Si el dependiente no debe sobrevivir a su jefe o el servidor a su príncipe, es porque la constitución de la sociedad implica una dependencia tan estrecha entre los secuaces y su jefe, entre los oficiales y el rey, que excluye toda idea de separación. El destino del uno es el de los demás. Los súbditos deben seguir a su dueño donde vaya, incluso a la tumba, como sus vestidos y sus armas; si se pudiera concebir que ocurriera de otro modo, la subordinación social no sería lo que es[212]. Lo mismo ocurre en el caso de las esposas. En cuanto a los ancianos, si están obligados a no esperar la muerte puede ser, en muchos casos, por razones religiosas. En efecto, se repite que es en el jefe de la familia donde reside el espíritu que la protege. Por otro lado, se admite que un dios que habita un cuerpo extraño participa de la vida de este último, pasa por las mismas fases de salud y enfermedad y envejece al mismo tiempo. Cuando la edad reduce las fuerzas de uno debilita al otro, y la existencia del grupo se ve amenazada cuando sólo la protege una divinidad sin vigor. De ahí que el interés común obligue al padre a no llevar su vida al extremo, para transmitir a sus menores el precioso depósito que custodia[213].