El suicidio
El suicidio Así, no es cierto que la actividad humana pueda estar libre de todo freno. Nada hay en el mundo capaz de gozar de tal privilegio. Porque todo ser, siendo una parte del universo, es relativo al resto. Su naturaleza y la manera de manifestarla no dependen sólo de ellos mismos, sino también de los otros seres, que, por consiguiente, los contienen y les marcan límites. Desde este punto de vista, sólo hay diferencias de grado y forma entre el mineral y el sujeto pensante. Lo que el hombre tiene de característico es que el freno al que está sometido no es físico sino moral, es decir, social. Recibe su ley no de un medio material que se le impone brutalmente, sino de una conciencia superior a la suya cuyo imperio siente. Porque la mayor y la mejor parte de su vida sobrepasa al cuerpo, escapa al yugo del cuerpo, pero sufre el de la sociedad.
Sólo cuando la sociedad se ve perturbada por transformaciones demasiado súbitas (ya sea por crisis dolorosas o cambios felices) es transitoriamente incapaz de ejercer esta acción; de ahí los bruscos ascensos de la curva de los suicidios, cuya existencia hemos establecido más arriba.