El suicidio
El suicidio Existe una primera forma de suicidio que la Antigüedad ciertamente conocía, pero que ha evolucionado sobre todo en nuestros días: el Rafael de Lamartine es su tipo ideal. Lo que la caracteriza es un estado de languidez melancólica que afloja los resortes de la acción. Los negocios, las funciones públicas, el trabajo útil, hasta los deberes domésticos sólo inspiran al sujeto indiferencia y alienación. Le repugna salir de sí mismo y, en compensación, el pensamiento y la vida interior ganan todo lo que pierde en actividad. Al desviarse de lo que la rodea, la conciencia se repliega sobre sí misma, se convierte en su propio y único objeto y su meta principal es observarse y analizarse. Pero esta concentración extrema sólo ahonda el obstáculo que separa al suicida del resto del universo. Cuando el individuo se apasiona hasta tal punto por sí mismo, no puede sino desligarse más de todo lo que no sea él y consagrar, reforzándolo, el aislamiento en el que vive. Una persona que sólo se mira a sí misma no puede encontrar razones para ligarse a otra cosa que no sea ella. Todo movimiento es altruista en cierto sentido, pues es centrífugo y extiende al ser fuera de sí mismo. La reflexión, en cambio, tiene algo de personal y egoísta, porque sólo es posible en la medida en que el sujeto se desprende del objeto y se aleja de él para volver sobre sí mismo, siendo tanto más intensa cuanto más completa sea esta vuelta. No se puede obrar más que mezclándose con el mundo, pero para reflexionar sobre él no hay que confundirse con él sino contemplarlo desde fuera y lo mismo se aplica, con mayor razón, cuando queremos pensar sobre nosotros mismos. Aquel cuya única actividad es el pensamiento se hace más insensible a todo lo que le rodea. Si ama, no es para entregarse, para unirse en una unión fecunda a otro ser, sino que es para meditar sobre su amor. Sus pasiones sólo son aparentes, porque son estériles. Se disipan en vanas combinaciones de imágenes, sin producir nada externo.
