El suicidio
El suicidio Por otro lado, si admitimos la existencia de este género particular de enfermedades llamadas monomanías, nos resultará fácil incluir al suicidio entre ellas. Lo que caracteriza a esta clase de afecciones, según la definición que acabamos de dar, es que no implican perturbaciones esenciales en el funcionamiento intelectual. El fondo de la vida mental es el mismo en el monomaniaco y en el hombre sano de espíritu sólo que, en el primero, un estado psíquico determinado resalta de entre ese fondo común con especial intensidad. La monomanía es, en el orden de las tendencias, una pasión exagerada, y en el orden de las representaciones, una idea falsa, pero de tal intensidad que obsesiona al espíritu quitándole toda libertad. La ambición, por ejemplo, se vuelve enfermiza, y se convierte en monomanía de grandeza cuando adopta proporciones tales que todas las demás funciones cerebrales se paralizan. Basta con que un ligero movimiento de la sensibilidad venga a turbar el equilibrio mental para que aparezca la monomanía. De ahí que los suicidas parezcan estar bajo la influencia de alguna pasión anormal que agota su energía de golpe y sólo les permite pensar a largo plazo. Parece razonable suponer que se precisa que alguna fuerza de este tipo que neutralice el instinto básico de conservación. Por otra parte, muchos suicidas no se diferencian singularmente de los demás hombres más que por ese acto especial que pone fin a su vida. No hay, por lo tanto, razón suficiente para imputarles un delirio general. Así, el suicidio ha adquirido rango de locura y se lo califica de «monomanía».