El suicidio
El suicidio Hoy se rechaza esta teoría. No podemos demostrar de forma directa, a través de la observación, la inexistencia de las monomanías, pero tampoco podemos citar ejemplo alguno que no dé lugar a discusión. Nunca se ha podido estudiar clínicamente una tendencia enfermiza en condiciones de auténtico aislamiento. Siempre que se lesiona una facultad, otras se lesionan a la vez, y si los partidarios de la monomanía no se han apercibido de estas lesiones concomitantes es porque han encauzado mal su observación. «Tomemos el ejemplo —dice Falret— de un enajenado preocupado por las ideas religiosas, al que se clasificaría entre los monomaniacos religiosos. Se dice inspirado por Dios, elegido para una misión divina: la de dar al mundo una religión nueva. Diréis que es la idea de un loco pero, al margen de esta serie de ideas religiosas, razona como los demás hombres. Ahora bien, interrogadle con cuidado y no tardaréis en descubrir en él otras ideas enfermizas. Encontraréis, por ejemplo, junto a las ideas religiosas cierta tendencia al orgullo. No se creerá sólo llamado a reformar la religión, querrá reformar la sociedad y tal vez se imagine que le están reservados los más altos designios. Imaginemos que, tras haber buscado en este enfermo las tendencias al orgullo, no las habéis descubierto. Tal vez halléis en él ideas de humildad o tendencia al temor. El enfermo, preocupado por las ideas religiosas, se creerá perdido, destinado a perecer»[18]. Sin duda todos estos delirios no se encuentran habitualmente en un mismo sujeto, pero son los que aparecen juntos con más frecuencia, y si no coexisten en un determinado momento de la enfermedad aparecen en fases más o menos próximas.