El suicidio
El suicidio Ha habido, pues, cierta ligereza al tachar nuestra concepción de escolástica y al reprocharnos que fundamentamos los fenómenos sociales en no sé qué principio vital de un género nuevo. Si bien admitimos que su sustrato es la conciencia del individuo, también defendemos otro: el que forman, al unirse y combinarse, todas las conciencias individuales. Este segundo sustrato no tiene nada de esencial ni de ontológico, ya que no es más que un todo compuesto de partes. Pero no deja de ser real, como los elementos que lo componen, que también son compuestos. En efecto, hoy sabemos que el yo resulta de una multitud de conciencias sin yo, que cada una de esas conciencias elementales es, a su vez, el producto de unidades vitales sin conciencia, del mismo modo que cada unidad vital es un conjunto de partículas inanimadas. Así, pues, si el psicólogo y el biólogo consideran, con razón, que los fenómenos que estudian están bien fundados porque están ligados a una combinación de elementos de orden inmediatamente inferior, ¿por qué habría de ser distinto en sociología? Sólo podrían juzgar insuficiente tal base los que no han renunciado a la hipótesis de una fuerza vital o un alma esencial. Así que esta hipótesis, que tanto ha escandalizado, no tiene nada de raro[300]. Una creencia o una práctica social pueden existir con independencia de sus expresiones individuales. Evidentemente, no queremos decir con esto que pueda haber sociedad sin individuos y es absurdo que se nos impute esa sospecha. Entendemos: 1.º, que el grupo formado por los individuos asociados es una realidad de especie distinta a cada individuo por separado; 2.º, que los estados colectivos existen en la naturaleza del grupo que derivan, antes de afectar al individuo como tal y suscitar en él una nueva existencia puramente interior.