El suicidio
El suicidio Como hemos demostrado, la neurastenia puede predisponer al suicidio, pero no conduce a él necesariamente. Sin duda, el neurasténico está inevitablemente predispuesto al sufrimiento si lleva una vida muy activa, pero puede retirarse y llevar una existencia contemplativa. Y si los conflictos de intereses y las pasiones son demasiado tumultuosos y violentos para un organismo tan delicado como el del neurasténico, en compensación parece hecho para gozar plenamente de las alegrÃas más dulces del pensamiento. Su debilidad muscular, su sensibilidad excesiva, que le hace incapaz para la acción, lo predispone a las funciones intelectuales, que también exigen órganos apropiados. Aunque un medio social rÃgido sólo hiere sus instintos naturales, dado que la sociedad es mudable y sólo puede existir a condición de progresar, el neurasténico cumple un papel importante, pues es el instrumento de progreso por excelencia. Precisamente porque es refractario a la tradición y al yugo de la costumbre, resulta una fuente eminentemente fecunda de novedad. En las sociedades más cultas las funciones representativas son más necesarias y están más desarrolladas y, debido a su gran complejidad, sólo existen en medio del cambio casi incesante. A medida que crece su número, los neurasténicos tienen más razón de ser. No son seres esencialmente insociables que se quitan de en medio porque no han nacido para vivir en el entorno que les ha tocado. Es preciso que otras causas se sumen al estado orgánico que les es propio para moverles en esa dirección y hacer que evolucionen en ese sentido. En sà misma, la neurastenia es una predisposición muy general, que no arrastra necesariamente a ningún acto determinado pero que, según las circunstancias, puede adoptar formas muy diversas. Nos movemos en un ámbito en el que pueden cobrar vida tendencias muy distintas, dependiendo de las causas sociales. En un pueblo envejecido y desorientado germinará fácilmente la insatisfacción vital, una melancolÃa inerte, que tiene funestas consecuencias. En cambio, en una sociedad joven, tenderán a prevalecer un idealismo ardiente, un proselitismo generoso y una abnegación activa. Si los degenerados se multiplican en épocas de decadencia, también son ellos los que fundan los Estados, pues los grandes renovadores surgen de entre sus filas. Una capacidad tan ambigua[44] no basta para explicar un hecho social tan concreto como la tasa de suicidios.