El Matadero
El Matadero En un momento liaron sus piernas en ángulo a los cuatro pies de la mesa, volcando su cuerpo boca abajo. Era preciso hacer igual operación con las manos, para lo cual soltaron las ataduras que las comprimÃan en la espalda. Sintiéndolas libres, el joven, por un movimiento brusco en el cual pareció agotarse toda su fuerza y vitalidad, se incorporó primero sobre sus brazos, después sobre sus rodillas, y se desplomó al momento murmurando:
–Primero degollarme que desnudarme, infame canalla.
Sus fuerzas se habÃan agotado. Inmediatamente quedó atado en cruz y empezaron la obra de desnudarlo. Entonces un torrente de sangre brotó borbolloneando de la boca y las narices del joven, y extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa. Los sayones quedaron inmóviles y los espectadores estupefactos.
–Reventó de rabia el salvaje unitario –dijo uno.
–TenÃa un rÃo de sangre en las venas –articuló otro.
–Pobre diablo, querÃamos únicamente divertirnos con él, y tomó la cosa demasiado a lo serio –exclamó el Juez frunciendo el ceño de tigre–. Es preciso dar parte, desátenlo y vamos.