Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos —Sin duda, no me gusta la idea de tener a esos hombres por aquà todo el tiempo —dijo Janette—. Me dan miedo, en especial Krause.
—Le vigilaré —aseguró De Groote—. ComunÃcame si alguna vez te hace algo.
—¡Y ahora mira! —exclamó Janette, señalando hacia la playa—. Ahà vienen también todos los lascares. Esos tipos me ponen la piel de gallina.
Cuando calló, llegó a su s oÃdos el ruido débil pero claro de dos disparos de rifle.
—¡Esa debe de ser Patricia! —exclamó el coronel—. Debe de tener problemas.
—Probablemente, ha tenido que matar a esa criatura —repuso Penelope esperanzada.
El coronel habÃa corrido hasta su choza y cogido su rifle; y cuando echó a andar en la dirección de donde habÃa procedido el ruido del disparo, De Groote, Algy, Crouch y Bolton le siguieron.
Cuando el follaje de la jungla se cerró tras la espalda de Bolton, Schmidt se volvió a Krause y sonrió:
—¿Qué es lo que te hace gracia? —preguntó este último.
—Veamos lo que podemos encontrar en cuanto a rifles y munición —dijo Schmidt a los otros tres hombres—. Parece que hoy es nuestro dÃa de suerte.
—¿Qué están haciendo? —preguntó Penelope Leigh—. No se atrevan a entrar en esas chozas.
