Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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—¿Tú crees al chino? —preguntó Krause.

—No tiene ningún motivo para inventar semejante historia —respondió De Groote—; sí, le creo; es una de las mejores manos del barco: un tipo tranquilo que siempre hace bien su trabajo y se ocupa solo de sus asuntos.

—¿Qué sería mejor que hiciéramos? —preguntó Krause.

—Arrestaré a Schmidt inmediatamente —anunció De Groote.

La puerta del camarote se abrió; y en el umbral se encontraba Schmidt, con una automática en la mano.

—Ni lo sueñes, que me arrestarás, maldito holandés —dijo—. Hemos visto a ese sucio chinito hablando contigo y estábamos bastante seguros de lo que te estaba contando.

Media docena de lascares se agolpaban detrás de Schmidt, fuera del umbral.

—Atadles —ordenó.

Los marineros apartaron a Schmidt para entrar en el camarote; De Groote se colocó frente a la muchacha.

—Apartad vuestras sucias manos de ella —dijo a los lascares.


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