El Hermano Jacob
El Hermano Jacob Sin embargo, al final pareció evidente que Cupido había encontrado una flecha más afilada que las otras y que ésta había atravesado el corazón del señor Freely. Se convirtió en tema de conversación entre los jóvenes de Grimworth. Pero ¿de veras era amor? ¿No sería más bien ambición? La señorita Fullilove, la hija del comerciante de maderas, estaba bastante segura de que si ella fuera la señorita Penny Palfrey se andaría con prudencia; no era buena señal que un hombre picara tan alto para buscar esposa. Porque no era otra que la señorita Penélope Palfrey, hija segunda del señor Palfrey, que cultivaba sus propias tierras, quien había atraído la especial mirada del señor Freely y había conquistado su exigencia; y no era de extrañar; porque quizá lo Real nunca se había acercado tanto al Ideal, tal como se exhibiría en la más delicada figura de cera, como en la figura de la linda Penélope. Su rubísimo cabello no se rizaba naturalmente, lo reconozco, pero los brillantes y prietos tirabuzones eran unos tubos diminutos y lisos, tan perfectos que daban ganas de meter el meñique y poner a prueba su suave elasticidad. Los llevaba recogidos, porque en aquellos tiempos, cuando la sociedad era más sana que ahora, las jóvenes llevaban el cabello recogido hasta mucho después de cumplir los veinte años, y Penélope todavía no había cumplido los diecinueve. Como el ideal de cera, tenía ojos redondos y azules, orificios nasales redondos en su naricita, y los dientes que se le supondrían al ideal, si alguna vez los mostraba. En conjunto, era pequeña, redonda y tan pulcra como una margarita doble rosa y blanca; y con la misma falta de malicia; porque espero que no sea muestra de malicia en una linda damisela de diecinueve años pensar que le gustaría tener un galán y estar comprometida, cuando su hermana mayor ya llevaba año y medio en situación semejante. Sin duda, el joven Towers iba por la casa; pero Penny estaba convencida de que sólo quería ver a su hermano, porque nunca tenía nada que decirle y nunca le ofrecía el brazo, y siempre se mostraba tan torpe como silencioso.