El Hermano Jacob
El Hermano Jacob La linda Penny no era ciega al hecho de que el señor Freely la admiraba, y estaba segura de que era él quien le había enviado una bella tarjeta por San Valentín; pero su hermana parecía considerarlo tan poca cosa (todas las jóvenes piensan que son poca cosa los caballeros con los que no están comprometidas) que Penny no se atrevía a hablar de él, y temblaba y se sonrojaba cuando lo veía, pensando en la tarjeta, que era muy ardiente y que, aunque se sentía culpable, sabía de memoria. Un hombre que había estado en las Indias y conocía tan bien el mar le parecía una especie de personaje público, casi como Robinson Crusoe o el capitán Cook; y Penny siempre había deseado que su marido fuera un individuo notable, como esos que aparecían en las Questions de Mangnall[10], con cuya lista de seres inmortales se había familiarizado durante el año pasado en un internado. Sólo le parecía raro que un hombre tan destacado fuera pastelero y cocinero, y esta anomalía inquietaba en gran medida los sueños de Penny. Sabía que sus hermanos se burlaban de los hombres que no sabían montar bien a caballo y los llamaban inútiles; pero sus hermanos eran muy toscos y carecían de la capacidad de contar anécdotas que hacía del señor Freely una compañía tan encantadora. Era muy buena persona, pensaba, porque le había oído decir un día en casa del señor Luff que deseaba cumplir siempre con su deber, fuera cual fuere el lugar al que lo destinara la vida: y sabía mucha poesía, porque un día le había repetido un verso de una canción. Se preguntaba si serían suyas las palabras que aparecían en la tarjeta de San Valentín. Terminaban de la siguiente manera: