El molino de Floss

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Capítulo II

—Mira, lo que yo quiero —declaró el señor Tulliver—, lo que yo quiero es dar a Tom una buena educación: una educación que le permita ganarse el pan. En eso pensaba cuando avisé el día de la Virgen que dejaría la ‘cademia. El próximo trimestre quiero ponerlo en una buena escuela. Los dos años en la ‘cademia ya le bastarían si yo quisiera que fuera granjero o molinero, pues mayormente ya ha estudiado más de lo que yo estudié: mi padre no me pagó más enseñanza que la que se da con la vara por un lado y el alfabeto por otro. Pero me gustaría que Tom estudiara más para que no se le escapara ni uno solo de los trucos de esos individuos que hablan bien y escriben con florituras. Me ayudaría con los pleitos, arbitrajes y esas cosas. No quiero que sea abogado, pues sentiría que se convirtiera en un bribón, sino algo así como un ingeniero, un inspetor, un subastador o un tasador, como Riley o uno de esos hombres de negocios que no obtienen más que beneficios sin otro gasto que una gruesa cadena en el reloj y un taburete alto. Están todos muy cerca, los unos de los otros, e incluso se entienden bien con la ley, digo yo, porque Riley mira al abogado Wakem a la cara, de tú a tú, como un gato mira a otro. No le da ningún miedo.


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