El molino de Floss
El molino de Floss Mientras los posibles problemas del futuro de Maggie ocupaban la mente de su padre, la niña experimentaba tan solo la amargura del presente. La infancia no piensa en el futuro ni recuerda las penas del pasado.
Lo cierto era que el dÃa habÃa empezado mal para Maggie. El placer de contemplar a Lucy y la perspectiva de la visita por la tarde a Garum Firs, donde oirÃa la caja de música del tÃo Pullet, se estropeó hacia las once con la llegada del peluquero de Saint Ogg’s, el cual se refirió en los términos más severos al estado de su cabello.
—¡Mira! ¡Ay, ay, ay! —dijo, asiendo un mechón tras otro con una mezcla de conmiseración y disgusto que para la imaginación de Maggie equivalÃa a la más dura expresión de la opinión pública. El señor Rappit, el peluquero, cuyos untuosos rizos de la coronilla se alzaban ondulados como la simulada pirámide de llamas de una urna monumental, en aquel momento le parecÃa el más temible de sus coetáneos y estaba decidida a no volver a pasar por su calle, en Saint Ogg’s, durante el resto de su vida.
