El molino de Floss
El molino de Floss Un húmedo y frío día de enero, Tom regresó a sus estudios: el día estaba en consonancia con aquella severa fase de su destino. Si no hubiese llevado en una bolsa un paquete de azúcar cande y una pequeña muñeca articulada de madera para Laurita, ninguna perspectiva de ilusión habría animado tanta tristeza. Pero le gustaba pensar que Laura extendería las manitas y avanzaría los labios para recibir trocitos de azúcar cande, y, para íntensificar estos placeres imaginarios, sacó él paquete, hizo un agujerito en el papel y mordió un par de cristalitos, lo que tuvo un efecto tan reconfortante en el reducido espacio con olor a humedad situado bajo la capota de la calesa que repitió más de una vez el proceso durante el camino.
—Bien, Tulliver: nos alegramos de volverlo a ver —saludó el señor Stelling efusivamente—. Quítese las prendas de abrigo y entre en el estudio hasta la hora de cenar. Allí encontrará un buen fuego y a un compañero nuevo.
